Ellas comían un mediodía en un barcito cerca de la Av. Balbín.
Una le contaba a la otra de un nuevo candidato, filito, amigovio, o lo que sea. Pero también le contaba sus miedos. Que era todo rápido, que se dio tan pronto, que él no hablaba inglés, que él era simple, básico, que con suerte leía mensajes de texto. También le dijo lo raro que le parecía: trabajaba, paseaba a los perros, entrenaba en el gimnasio, no usaba internet ni mp3, y miraba tele.
La otra la escuchaba. Le preguntó para qué sería útil alguien que hablara inglés, navegara en Internet o leyera Shakespeare todos los días, si igual se podía ser feliz con una persona que solo viviera.
"Será?" preguntó la otra....


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